Estudios científicos estiman que el torneo en Norteamérica superará los 9 millones de toneladas de CO2. El gigantismo de la competencia diluye los esfuerzos locales de eficiencia.
La expansión desmedida de los macroeventos deportivos globales choca de frente con las metas globales de mitigación del cambio climático. Aunque los discursos corporativos priorizan las promesas de carbono neutralidad, los expertos advierten que la escala actual de estas competencias incurre en una marcada insostenibilidad estructural, donde el incremento de sedes y el turismo internacional a gran escala neutralizan de inmediato cualquier avance tecnológico o arquitectónico local.
La actual edición del Mundial de Fútbol, organizada de manera conjunta por Estados Unidos, México y Canadá, reabrió un profundo debate global sobre el verdadero costo ecológico del espectáculo deportivo. De acuerdo con el informe sectorial FIFA’s Climate Blind Spot, se proyecta que el certamen generará un récord histórico de 9,02 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente (CO2e), lo que representa un incremento del 92% respecto al promedio registrado entre las ediciones de 2010 y 2022. La principal causa de este salto radica en la modificación del formato de la competencia, que pasó a albergar a 48 selecciones y un total de 104 partidos dispersos a lo largo de cuatro husos horarios.
El panorama obliga a los organismos rectores a priorizar la reducción logística sobre los objetivos de maximización de audiencias y rentabilidad.
